El Clamor de Nuestro Corazón

Salmo 84:1-2

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En el principio, después de la creación de los cielos y la tierra, “creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27). La imagen de Dios no se refiere a nuestra apariencia física sino al carácter de nuestro espíritu. El espíritu del hombre fue creado a la imagen de Dios para el propósito de habitar con El por toda la eternidad; “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

Pero cuando el hombre pecó, una separación inmediata se formó con Dios; “se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Génesis 3:8). Aun cuando el hombre fue físicamente apartado del jardín y prohibido para experimentar el gozo de caminar a lado del Creador – y aunque el pecado, y la separación resultante, fue heredada por todas las generaciones futuras, por siempre se mantiene un espíritu dañado que añora regresar a casa.

Salmo 84:1-2
“Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos. Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.”

Este pasaje fue escrito por uno que conoció a Dios y el gozo de Su presencia. Pero el autor también conocía la inhabilidad del hombre para estar satisfecho con cualquier cosa que sea menos que Dios.

Antes de conocer a Dios intentamos detener el clamor con todo tipo de pacificadores, pero nada nos satisface. Perseguimos placeres de la carne, retos para nuestra mente, y avanzamos en rango, pero el clamor se mantiene. Tarde o temprano (Señor, que pueda ser mas pronto!) nos damos cuenta que Salomón estaba en lo correcto cuando dijo; “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:14).

Muchas cosas de este mundo valen la pena si son hechas para la gloria de Dios, pero en el sentido de tratar de satisfacernos no tienen ningún significado. La ÚNICA respuesta al agitado e incesante anhelo de nuestra alma es regresar a una relación restablecida con nuestro Dios. Cuando ponemos nuestra vida en las Manos del Padre a través de la fe en Jesús, El nos da Su Espíritu y dice, Bienvenido a casa! “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). Y mientras aprendemos a caminar en esta relación restaurada, finalmente estaremos en paz.

Hay muchas cosas de este mundo que pueden ocupar nuestro tiempo y consumir nuestros pensamientos, pero ninguna nos va a satisfacer verdaderamente. Nuestra búsqueda puede continuar hasta que nuestro tiempo en la tierra se termine pero el vacío se mantendrá. Regresemos al Padre ahora y vivamos el resto de nuestros días completamente dedicados a amarle a El. Pongamos fin a la búsqueda y al extravío, y finalmente permitamosle a El satisfacer el clamor de nuestro corazón.

Tenga un Dia Centrado en Cristo!

Steve Troxel
Ministerios La Palabra Diaria de Dios

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